martes, 29 de agosto de 2017

Thunderbirds

El tiempo en los huesos. Foto Mar Goizueta

Seis águilas cabalgan la tormenta. Sobre las nubes negras. Seis.
Sólo yo las veo.
Yo, que descalza respiro ozono y bailo la danza de los truenos,  
anhelando en secreto que me parta un rayo. 
Un relámpago, ajeno a mi pensamiento turbio, resbala por mis deseos, dejando chispas en mi pelo salvaje a su paso. 
Las águilas son violencia y caos. Son el trueno que desgarra el cielo. Tan sagradas. 
Las miro. Me bebo la tormenta. Mi piel se nutre del agua celeste. 
Ayer, la lluvia que se coló por la ventana aclaró el jabón de mi cuerpo. En parte. Sólo en parte. Catarsis bajo las aguas: la domada, la indomable, la de mis ojos anegados ante la revelación de poner nombre a la tristeza que está arrasando, implacable, mis últimos días. 
A punto de consumirse el día, el dragón llenó de fuego el Universo durante un instante. Secó la humedad y ardí. Se quemaron los restos de mi coraza humana. 
Ahora, desnuda entre cenizas, me enfrento al frío, a un mundo que no acabo de comprender. 
A flor de piel. Tan frágil como monstruosa, dudo de si la verdad está en mis sueños o en las palabras. 
El suelo tiembla a mi paso, barro inconsistente que rechaza mis raíces. 
Hojas muertas brotan de mis dedos. 
El diluvio escuece en las heridas. Les grito a las águilas que me arrastren a otro lugar en el que no me encuentre la sombra de mi maldición. 
Cada año muero con el fin del verano. 
Y esta vez, quizás, estoy muriendo un poco más. 




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1 comentario:

  1. Hay muertes silenciosas, o licenciosas, que asoman de forma imperceptible cada verano que no cesa y renuevan sus votos en cada estación que pisan; pasan como un tren parándose a recoger viajeros. Qué mundo, ahora ya sin jefes de estación y apeadero a causa de la crisis ferroviaria. Y licenciosamente prostituyen los silenciosos pasos con que el sigilo se acerca al día en que se vio todo esto por vez primera. Las horas, los minutos y segundos son sabandijas cómplices que inexorables tratan pidiendo billetes de paso a quién sin quererlo ni comprarlo le dieron abono desde entonces. Incluso en los atraques para tal singladura de agua y chapuzón nos sumergimos tragando el tiempo por lo ojos y exhalando por un oído sí y por el otro también el espacio que deberíamos dejar entre esa circunstancia para que corra el aire dejándolo pasara si con ello procediese el correr del aire sin que se pierda aceite.
    El dolor próximo, pareja a la satisfacción, es al tiempo lineal que conocemos y no hay máquina a pedales o atómica que lo frene.
    Sólo la mente con sus recuerdos es capaz, de momento, de suplir sin detener un viaje a otras épocas. Dita sea el asunto ese
    Saúde

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